viernes, 15 de abril de 2011

Modiano, la ciudad que ya no es

Los recuerdos se asoman asociados a las calles que los hicieron grabarse indelebles en nuestra memoria. Las imágenes de la ciudad que acogió nuestra infancia y primera juventud permanecen inalterables en nuestro recuerdo, aunque que cada vez existan menos elementos reconocibles en su fisonomía. Nuestra ciudad es la que un día fue y no la que es hoy, a pesar de que contemplamos su nuevo rostro todos los días.
Me viene esto a la memoria al comprobar tristemente cómo mi ciudad está traicionando su pasado, cambiando su romántica y decadente imagen de vieja ciudad europea por no sé qué criterios de funcionalidad. Es triste saber que el ser humano apenas deja  vagos recuerdos de su existencia y que ni siquiera los lugares que habita resisten al tiempo. Eso lo ha sabido plasmar como nadie Patrick Modiano, que ha construido todo un mundo literario en torno al París de los años cincuenta y sesenta.
Los cambios en los barrios parisinos de su infancia y primera juventud se han convertido en su obsesión literaria. Es frecuente que en sus novelas la realidad se funda con el ensueño, para dar así la sensación de que ni siquiera la identidad del hombre es algo tangible, sino una ilusión que no llegamos a vislumbrar en toda nuestra vida. En sus novelas los personajes son apenas el recuerdo de los vecinos que un día los vieron aparecer engullidos por la rutina diaria.
Modiano transita por el elegante bulevar de la nostalgia, sobre barrios, cafeterías y tiendas que ya no están; donde un día habitó nuestro verdadero yo. Consciente de la fragmentación de las nuevas ciudades y del anonimato de sus habitantes, el escritor indaga sobre la fragilidad de los hilos que nos atan a la existencia. Así, el lugar desaparecido se convierte en una metáfora de los proyectos incumplidos, de las personas que nos dejaron de amar, de los amigos que nos olvidaron; lo único que queda es el sonido de nuestros pasos por unas calles que han rejuvenecido su aspecto para burlarse de nuestro banal sentimentalismo.
Los vivos y los muertos, los presentes y los ausentes, se cruzan en una ciudad que tritura nuestros sueños día a día. En la antigüedad los héroes luchaban contra el destino y esa lucha era baldía, porque el destino es irrevocable, pero la lucha daba un sentido a la existencia. El hombre moderno no lucha, pues ha dejado de creer que un orden superior le dicta su destino. Simplemente pasea su ridícula pretensión por calles que mercadean con la honra diaria.
¿Por qué guardamos tanto cariño al recuerdo de la ciudad de nuestra infancia? Parece preguntarse Modiano, que, sin embargo, reconoce haber sido un niño triste. Tal vez porque guardamos el inconfesable anhelo de despertarnos una mañana y descubrir que todo el tiempo transcurrido ha sido un sueño y que tenemos todo el día por delante para jugar con nuestros amigos.

domingo, 20 de marzo de 2011

La propia vida; el mejor libro

La literatura es el camino más corto para vislumbrar lo que fuimos y lo que hemos soñado ser; por eso cuando comenzamos un libro es con la esperanza de revivir parte de aquellas mañanas de nuestra infancia. Sin embargo, a medida que vamos cumpliendo páginas vamos marcando muescas en el calendario y es inevitable pensar que la lectura nos priva de experiencias vitales. Paco Umbral se asombraba de lo que podía envejecer un niño una tarde de domingo y yo me sorprendo de lo que puede envejecer la lectura. Tras muchas páginas se empieza a comprender que la mayoría de libros vienen a decir lo mismo: que la realidad acaba imponiéndose sobre los sueños.
Los libros cambian de significado cuando crecemos porque llega un momento en la vida del hombre en el que el tiempo deja de ser aliado. Una puerta electrificada se cierra detrás nuestro para no abrirse nunca más, encerrando una existencia plácida, en la que todo eran sonrisas y rostros amables. En esa primera juventud vagábamos confiados en el futuro, con el sol a nuestra espalda inmóvil en el cielo; nuestra confianza en la vida era absoluta y los libros tenían una correspondencia directa con nuestra idea de lo que iba a ser el futuro.
Sin embargo, cuando un hombre enfila la madurez pierde el control sobre el tiempo; los días se acortan y las posibilidades menguan, para acabar comprendiendo que existen muy pocas posibilidades vitales de realización. Dolorosamente llegamos a aceptar que nunca vamos a beber la luz de la luna en copas de champagne, ni a cabalgar por grandes praderas como salvajes. La vida se va pareciendo más bien a descoloridas páginas de un diario de provincias y ante esa grisura el libro se ofrece como la mano de aquél amigo que un día nos ayudó a salir de un pozo. Pero el libro ya no es una confirmación de la vida, sino una tabla de salvación que libera nuestro ahogo existencial, que nos hace recordar que un día fuimos libres.
Es lícito creer que la lectura puede excluir a la vida, pero prefiero pensar que la complementa. Siempre he sentido devoción por los escritores que han intentado conciliar vida con literatura y de entre ellos Jack London destaca como el arquetipo de escritor aventurero. London dio prioridad a sus vivencias para después trasladarlas directamente sobre el papel. Su fuerza era la de los pioneros americanos  y su modelo inspiró a escritores posteriores como Hemingway, Dos Passos, Steinbeck o Kerouac. Así, la historia ha moldeado un modo de ser escritor viajero, aventurero y autosuficiente, en oposición al dandy europeo “fin de siecle”, que alardeaba de inactividad como pose estética. Probablemente el ansia de aventuras nazca de la decepción y el viajero sea un gran desengañado de la vida, también los grandes lectores lo son.
El niño que llevo dentro siempre ha preferido parecerse más a un personaje de las novelas de Jack London que a un literato de gran hondura intelectual, inmóvil en una vida apocada y burguesa. Houllebecq ha dejado escrito que vivir sin leer es peligroso porque te obliga a conformarte con la vida, pero yo sigo albergando muchas dudas tras escuchar el sabio consejo de Cernuda, que un buen día exigió al lector arrojar el libro para siempre y correr raudo a bañarse con ninfas adolescentes en lagos dorados.

viernes, 4 de marzo de 2011

Apollinaire o cómo definir el tiempo

Apollinaire nos enseñó que el tiempo es esa lejana hipótesis que un buen día se nos presenta con ruido de tambor; por eso es el poeta que mejor lo ha definido. Al final, gran parte de la literatura se ha resumido en medir las consecuencias que el tiempo va dejando en nosotros. Si la literatura es un ajuste de cuentas con la vida, la poesía lo es con el tiempo; esa ola que va engullendo todo lo que somos, lo que representamos, lo que queremos.
Leyendo sus poemas entendemos que nuestra corta existencia al final se hace larga, porque el tiempo se encarga de desnudarnos en la segunda etapa de nuestra vida y pasamos un largo invierno antes de la muerte, tiritando de nostalgia.  Proust creía que no merecía vivirse esa segunda parte y por eso renunció a su madurez y se dedicó a describir su juventud durante varios años antes de su temprana muerte. Para él la segunda mitad de la existencia sólo era un pálido reflejo de la juventud y buscó en el tiempo un refugio que la vida ya no podía darle.  
Esta es la misma idea que desarrolla Julian Barnes en su última novela ‘Nada que temer’. Sí, que la vida es corta, “pero suficientemente larga para hartarte de ella”. Es suficientemente larga para que palidezcan los coloristas ropajes que han vestido nuestras primeras ilusiones y uno no puede dejar de sentirse estafado.
Apollinaire también escribió que, aunque nuestra existencia es corta, las horas llegan a pasar con la lentitud de un entierro y que incluso llegamos a recordar los sufrimientos y las penas con cierta nostalgia, por haber sido parte de un pasado que se nos ha ido como arena entre los dedos, un pasado que siempre se presenta en nuestra memoria entre marcos dorados. “Llorarás la hora en que lloras, que huirá rápidamente, como pasan todas las horas”. También se acordó del Sena para describir el tiempo; un río que pasa indiferente, empapando nuestros proyectos: “Pasan los días y pasan las semanas, ni el tiempo pasado ni los amores vuelven. Llega la noche/suena la hora/los días se van/yo permanezco.
El poeta francés fue un gran amante de la pintura, tal vez porque es el único arte que logra detener el tiempo.  La pintura logra lo que nosotros no podemos alcanzar, que un instante se eternice, que por un momento no nos sintamos tan vulnerables.
El hombre debe aprender que la vida le va despojando de lo más querido, poco a poco, sin crueldad aparente, y que debe permanecer acodado en la desesperanza, a la espera de la última llamada. El poeta que mejor definió la impotencia del hombre ante la muerte es Juan Ramón Jiménez: “Yo me iré y los pájaros seguirán cantando”.

domingo, 20 de febrero de 2011

Hojas muertas de otoño

Uno de los sucesos más famosos de la historia de la literatura no escrita es el disparo que descargó Jean Paul Verlaine en la muñeca de Arthur Rimbaud en un hotel de Bruselas. La inquietante personalidad del paleto maldito había sacado de quicio al lírico y sensible poeta, cuya desesperación sólo encontró desahogo en el revólver. Cuando Verlaine salió de la cárcel –cumplió dos años de condena- ya no fue el mismo; decía haber encontrado a Dios en los interminables pasillos de la cárcel y en su sufrimiento. Se lo contó a Rimbaud cuando se volvieron a ver y éste se mofó en su cara; sabemos que para el poeta de Charleville los soles y los cielos eran ya negros y las ceremonias puro teatro que luego él convertía en poesía. Lo cierto es que Verlaine siempre padeció la dicotomía del artista que se niega a abandonar su nido burgués y quiere a la vez reafirmar su individualidad. En su locura por Rimbaud hubo algo más que bohemia y sexo; vio en aquél niño salvaje su propio yo liberado.
En sus últimos años, Verlaine fue elegido “Príncipe de los poetas” y su fama se fue extendiendo por toda Europa. Sin embargo, él ya vagaba con la mirada perdida y pasaba los días bebiendo absenta y maldiciendo a todo y a todos en el Barrio Latino de París. Rubén Darío relató la poca estima que el poeta francés tenía por el reconocimiento literario.
En parte la historia de Verlaine nos recuerda el amargo penar de Oscar Wilde por la cárcel, tras ser acusado de sodomita por el padre de un joven poeta principiante.  No se libró de la vengativa ira de la sociedad victoriana y fue condenado a prisión; sufrió dos largos años de trabajos forzados que resumió en su poema “La Cárcel de Reading”.
Tras cumplir condena se trasladó a París, donde pasó el resto de su vida como un fantasma, con el sobrenombre de Sebastian Melmoth. Su sonambulesco pasear fue inmortalizado por André Gide, que supo ver la irresistible carga poética del fracaso y nos dejó una semblanza de sus últimos años, con un prisma muy “capotiano”. Su pluma nos dejó un Wilde lacónico y triste, pero que aún fumaba con boquilla de oro.
Ambos escritores supieron ver la belleza del mundo en las desconchadas y sucias paredes del presidio. En momentos así, el espíritu humano siempre sabe elevarse para encontrar lo sublime, que siempre está en nosotros. La experiencia les marcó y Wilde no volvió a coger la pluma, desencantado con el mundo. Verlaine, por su parte, escribió los poemas más desoladores y tristes de su tiempo. Los dos llegaron a Dios a través del pecado. Y sin embargo, hemos de dudar de la veracidad de estas conversiones; es difícil luchar contra la propia naturaleza, como ya se encargó de escribir Verlaine en sus poemas saturnianos.
Lo que sí sabemos es que ambos acabaron siendo hojas muertas de otoño, barridas por el indiferente viento de invierno.

Literatura y Recuerdo: La tristeza profunda de Burroughs

Literatura y Recuerdo: La tristeza profunda de Burroughs: "Acabo de terminar Queer; mi primera inclusión en el alucinado mundo de William Burroghs. He de reconocer que siempre he mostrado algún que o..."

viernes, 11 de febrero de 2011

Houllebecq, frío glacial

Houlllebecq es un escritor que nos enfrenta con nuestra impotencia, con nuestra incapacidad, y eso nos le hace antipático. A menudo nos vemos reflejados en uno de sus personajes, que, atrapado en una vida indeseable, sueña con permisos vacacionales y sonrisas de geishas que le devuelvan una brizna de juventud. A pesar de su estilo mundano y algo efectista el autor de Plataforma, como los buenos escritores, nos enseña que la desesperación humana no es una reacción turbulenta, ni una lucha encarnizada con el destino, sino una inmensa sensación de frío glacial y un sentimiento de soledad absoluto. Sus páginas son un triste desvarío por el vacío existencial que nos ha dejado el sistema de mercado y el relativismo dogmático y el sexo se muestra como el último refugio de un hombre que ha perdido toda fe en sus congéneres y en su propia trascendencia.
Su tesis es que en nuestra sociedad occidental todo está regido de acuerdo a leyes mercantiles y ni siquiera el amor escapa a sus inexorables reglas. Por eso el escritor francés nos explica, con gran parte de razón, que el amor también se encuentra en el expositor del gran supermercado en el que se ha convertido el mundo y que, como en un gran self-service, cada cual coge de sus estantes aquél que más se adapta a sus necesidades. Ni siquiera las relaciones personales escapan a la implacable ley de oferta y demanda ya que, como él dice, “en nuestra sociedad el sexo representa un segundo sistema de diferenciación, con completa independencia del dinero y tan implacable como este”. De la épica hemos pasado al conformismo y del romanticismo al consumismo, lo que no lleva más que a la falta de afectividad que caracteriza al hombre postmoderno.
Hace tiempo que no creemos en héroes y el sentido de la épica nos produce una risa cínica. Caminamos indecisos, sin rumbo, encorvados bajo el peso del futuro, como aquel personaje que creó el gran poeta T.S. Eliot, J. Albert Prufock, que no es más que un espejo que desnuda nuestras miserias. Este yo impersonal, un poco Eliot, un poco todos, paseaba por “calles que se prolongan como un argumento aburrido de intención tediosa”, mientras observaba “el humo que sale de las pipas de los hombres solitarios, asomados a sus ventanas en mangas de camisa”.
Estas calles bien pudieran ser las que pintaba Edward Hooper en sus retratos neoyorquinos y sus personajes los mismos que salieron de la paleta del pintor norteamericano; hombres anodinos con vidas anodinas, cruzados de brazos en su merecido descanso dominical. El futuro pide autómatas que no se hagan preguntas; sólo dejamos que el Arte las haga por nosotros. Tal vez no lo sepamos, porque la vida no nos deja, pero seguimos acodados en las plazas solitarias que dibujó De Chirico, preguntándonos por el silencio de Dios.
Yo, como Eliot, aún escucho a las sirenas cantándose una a otra, pero también sé que no cantan para mí.

Literatura y Recuerdo: La tristeza profunda de Burroughs

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