lunes, 27 de febrero de 2012

El Ulises, último reclamo turístico

Tras escribir el Ulises, James Joyce afirmó que su intención había sido dibujar una estampa tan fiel de Dublín que si la ciudad desapareciera podría volver a reconstruirse. Y, en verdad, la precisión en las descripciones de calles y lugares emblemáticos de la capital irlandesa es casi obsesiva. Tanto es así, que si uno ha tenido el tiempo y la valentía de leer la discutida novela, es imposible no ver aquella vieja ciudad oscura, empedrada, cuyas estrechas calles eran recorridas por carruajes traqueteantes y por mujeres endomingadas. Es obvio que uno no espera encontrar en el actual Dublín globalizado de las academias de inglés aquella vieja foto color sepia que ilustra no pocos ejemplares del Ulises. Pero al menos, sobre todo si uno viaja para celebrar el Bloomsday, uno espera que la ciudad desprenda un ápice del aroma añejo de los libros. Quizá es deformación literaria, pero tras leer esta monumental obra es imposible ya darse un paseo por la playa de Sandymount sin evocar a Leopold Bloom, aquel modesto agente publicitario que vislumbraba la muerte en cada acto cotidiano, o entrar en uno de los innumerables pubs de Temple Bar sin recordar las disertaciones de los personajes que los frecuentan en el libro.
       A pesar de mi ilusión por compartir y departir con otros joyceanos mis impresiones sobre el libro que más ha removido los cimientos de mi pensamiento y por aprender nuevas aproximaciones a una obra que admite tantas interpretaciones como lecturas, mi participación en el Bloomsday se limitó a observar y reír las gracias a las decenas de personas que se paseaban por la ciudad vestidas con los ropajes de los personajes del libro, deambulando como graciosas sombras chinescas en un decorado ajeno a su peripatético homenaje. Uno esperaba una mayor participación de los habitantes dublineses en lo que significa, no sólo la conmemoración de una de las obras cumbres de la literatura, sino uno de los momentos más trascendentales en la historia de Irlanda. Pero el afán por atraer turistas ha convertido una cumbre literaria en un espectáculo cuasi circense, en el que la gastronomía es casi la protagonista principal.
       Los miembros del comité organizador y otros participantes tratan de emular los triviales pasos de Leopold Bloom, principal personaje del libro, y en el que Joyce volcó parte de su experiencia vital y cultural, y completan el día comiendo suculentos platos condimentados con riñones de cerdo y asadurillas, aligerando sus vejigas tras engullir generosas pintas de cerveza y recitando algunos pasajes del libro a los sorprendidos transeúntes.
       Desde 1954, año en el que se celebró el primer Bloomsday, este festival atrajo la atención de dignos profesores de Literatura e intelectuales, y se consolidó con el tiempo como uno de los grandes eventos culturales del mundo. Sin embargo, hoy en día la mayoría de los asistentes reconoce que la mejor parte del Bloomsday son las suculentas comidas ofrecidas por los pubs irlandeses, la bebida y la diversión. Es verdad que se hacen representaciones del libro por las calles y que incluso se recitan algunos pasajes en una de las plazas más famosas de la ciudad, pero nadie parece participar de la emoción de la prosa de Joyce.
       Hablando sobre esta celebración, el dueño de una de las librerías más visitadas de Dublín me comentó que hace años una encuesta mostró las vergüenzas de las personas que acudían año tras año a celebrar el Bloomsday, pues ninguno de ellos afirmó haber completado la lectura. Es un hecho que, al igual que la globalización está cambiando la fisonomía de las ciudades, nuestros hábitos como lectores también se están uniformando. La tendencia del público es a consumir el último éxito editorial y las modas literarias atienden a aspectos puramente formales o argumentales. No es el caso de Enrique Vila Matas, que cada año se desplaza al Dublín de Joyce para homenajear una obra que considera clave en el devenir de la Literatura. De hecho, su última novela, Dublinesca, se desarrolla en un Dublín crepuscular al que un viejo editor viaja para celebrar las exequias de la Literatura como arte ajeno a la cultura de masas. En este libro surge la pregunta de si, tal y como Leopold Bloom asiste en Dublín al cortejo funerario de su amigo Paddy Dignam, estamos asistiendo a dicho funeral.
       Siempre he creído que la Literatura, entendida como un diálogo entre escritor y lector sobre la búsqueda del sentido de la existencia, nunca desaparecerá del todo. Pero sí creo que cada vez hay más lectores que obvian esta trascendencia y simplemente piden una historia que entretenga. Por esta y otras razones se hace imprescindible recordar y valorar aquellas obras que nos enlazan directamente con el núcleo de nuestra existencia. Y el Ulises es uno de los máximos exponentes. Tanto es así que algunas teorías señalan que es la síntesis de nuestra cultura, donde se almacena toda la épica desde los orígenes. Es verdad que la novela contiene numerosos episodios que invitan a la recreación popular, pero no debería perderse de vista que precisamente sus páginas destilan una feroz sátira sobre nuestra frivolidad y falta de perspectiva y son una crítica al tratamiento de la literatura como entretenimiento.
       Tal vez en el futuro, cuando Wikipedia haya arrinconado definitivamente el saber enciclopédico, habrá que recurrir a obras como ésta para recuperar la memoria de Occidente. Y es que, como James Joyce dejó escrito, “el cordón de todos enlaza con el pasado, cable cabitrenzado de toda carne”.

Gonzalo de  Santiago

jueves, 9 de febrero de 2012

La celebración


El sacerdote balbucea promesas huecas ante una concurrencia decrépita. La iglesia está compuesta en su mayoría por ancianas de mirada temblorosa. No son las viejas que retrató Cernuda o lo son en parte, siguen exhalando fétidos perfumes, el fétido pasado de todo ser humano, pero no revisten el encanto de la decadencia, sino el de una humillante normalidad. La mirada perdida reposa en la promesa que desde el púlpito lanza un sacerdote cada vez más ridículo, cada vez más lejano, que se pierde en una maraña de ditirambos a la obra divina. Desterradas de la vida, se arremolinan en la esperanza de una eternidad lejana, incomprensible. 
A veces piensan en sus quehaceres cotidianos, mascullan sus miserias diarias, mientras tratan de pensar la imagen de un padre humano, sin principio ni fin, una abstracción paternal con una gran barba o un ojo que todo lo ve, enmarcado en un triángulo de oro. Piensan también en la tierra, en la sensación gélida de la tierra húmeda, en su repelente abrazo eterno, en la descomposición de la carne, en la entelequia de un espíritu perdido en la negrura de la dimensión. No logran comprenderlo, pero un automatismo ejercido durante años les hace arrodillarse, fieles. El motor más poderoso que mueve a los hombres es la costumbre.
Las viejas hacen cola para recibir la santa hostia; es un desfile orquestado, de una orquestación siniestra, como el fantasmal deambuleo de una ronda de presos. Arrastran sus pies, humildemente juntan sus manos y bajan su mirada. Esperan pacientemente, encogidas, temblando el frío de la desangelada iglesia, de la desangelada Castilla, y vuelven sumisamente a su banco, rumiando el pan eterno. Tal vez en esos momentos su pensamiento gire al pasado, a la lejana juventud, o tal vez al duro trabajo de seguir viviendo en la apatía, ante la indiferencia del mundo.
La misa termina y las ancianas enfilan la salida por el desnudo pasillo de piedra. El portón de la iglesia se abre y un viento helado las recibe. Vuelven, reconfortadas, al rincón de su soledad eterna.

Gonzalo de Santiago

viernes, 23 de diciembre de 2011

Jane Eyre, un hito del romanticismo

Las Bronte representan un caso insólito en la literatura mundial. En algo menos de dos años, entre 1847 y 1848, tres hermanas escritoras publicaron tres de los libros más influyentes en la historia de la literatura inglesa: Jane Eyre de Charlotte; Wuthering Heights de Emily y The Tenant of Wildfell Hall de Anne. Las tres unidas por un mismo grito de desesperación romántica.
Para algunos críticos Jane Eyre es la primera novela romántica de la literatura inglesa, para otros, sin embargo, navega entre dos aguas, la romántica y la realista porque      –aducen- la razón domina la trama. En mi opinión, aunque es verdad que Jane Eyre evoluciona de una rebeldía anticristiana (sin duda marcada por la influencia que Lord Byron ejercía en aquella época) a una suave resignación de marcado carácter cristiano, la forma y el fondo del libro no pueden ser más románticos.
El paisaje es un elemento esencial en este género y los desolados páramos de Yorkshire marcan el ritmo de las páginas de la novela. Cielos brumosos, parajes desolados, escenarios de piedra, hondos valles mojados por el rocío, altos páramos ventosos; todas estas imágenes se asocian irremediablemente con las ruinas espirituales que atormentan a los personajes. La opresiva educación victoriana provocó una reacción contraria en el arte y fomentó un individualismo que buscaba la soledad y la exaltación de los sentimientos.
Ese estado de ánimo buscaba la verdad (Dios) en la naturaleza y en el mundo espiritual, negando así la supremacía moral de un mundo al servicio de la hipocresía. El marco de paisajes y ciudadelas tenebrosas de las obras del romanticismo son el reflejo de la desolación de las almas perdidas, de los personajes sin rumbo, que no se apaciguan ante el deber ser y que buscan un alma gemela que también vague por regiones ultraterrenas. El romántico se concibe a sí mismo como un ser libre, que busca la verdad y no acepta leyes de ninguna autoridad y, aunque es verdad que algunos representantes de este movimiento cuestionaron -al igual que los defensores de la Ilustración- los dogmas religiosos, al mismo tiempo necesitaron fundirse con un orden espiritual superior para poder realizarse plenamente.
Para estos seres la muerte se concibe como un dulce consuelo porque ayuda al espíritu a llegar a la plenitud y es ahí es donde el Creador cobra sentido; es un Dios visto desde la posibilidad de realización y no desde la incapacitación o castración de la potencialidad humana, de los sentidos. Por eso la antireligiosidad de los protagonistas de estas novelas es una reacción a la aplicación del dogma cristiano por parte de la opresiva sociedad victoriana, no hacia la religión en su sentido más espiritual. El sentido religioso del romántico nace de un sentimiento interior, de una intuición e inclinación hacia lo bello, lo misterioso, lo oculto.
Los dos personajes más importantes del libro, Jane Eyre y el señor Rochester, ansían fundirse con el Creador, porque en esa fusión alimentan sus esperanzas amorosas; son amores que traspasan la idea burguesa del matrimonio por conveniencia; son de otro mundo y por eso marcan toda una vida. El romántico asocia el amor con la muerte, pues este amor precisamente acrecienta la sed de infinito, de unión con el todo. Estos dos personajes son el contrapunto al resto de personajes de la novela, que acatan el credo victoriano. Ellos, en cambio, no pueden acatar dichas normas, porque les alejan del ideal, de la verdad.
El precio por esta independencia es el profundo sentimiento de soledad y angustia, sólo liberado por el encuentro con un alma gemela. Aquél que rompe con el orden impuesto, el que busca fundirse con lo eterno en vida, sólo puede hallar incomprensión y vacío en los demás.
Charlotte y Emily Bronte dejaron dos de las novelas más románticas que se han escrito, recogiendo en parte la tradición anglosajona de la novela gótica. Ambas fallecieron de tuberculosis, la más romántica de las enfermedades.
Gonzalo de Santiago

domingo, 16 de octubre de 2011

Tomas Benhard, verdad sin concesiones


Paul Valery odiaba las novelas tradicionales, no creía en las pasiones humanas. Es más, argumentaba que la pasión reduce al individuo a una caricaturización ignominiosa. Es por eso por lo que se refugió en la poesía; un género que se basta a sí mismo y rehúye la vida, a pesar de querer descifrarla. El lector no es el destinatario de los versos, sino un intruso que se asoma a vislumbrar un universo ajeno y que aspira a comprenderlo.
El novelista, sobre todo el que adopta los cánones clásicos de la novela decimonónica, busca el efecto contrario, esto es, hermanarse con el lector, ser su cómplice. En ese caso, el lector tiene que aceptar el juego y unas convenciones establecidas, entre las que se encuentra la exageración voluptuosa y sensual de los sentimientos y las actitudes de los personajes. El que acepta la novela acepta la vida y está dispuesto a compartir suerte con los personajes. El que abraza la poesía acepta que la vida es, sobre todo, recuerdo e imágenes.
El gran escritor austriaco, Thomas Benhard, abarcó todos los géneros, pero da la sensación de que su vida y personalidad se impusieron siempre a su obra. Podríamos decir que su estilo era invisible, como lo era el de los grandes maestros del cine. Parte de ese encanto se basa en huir de la intelectualidad porque el arte siempre escapa de la pedantería. Al escritor austriaco le gustaba estar entre los campesinos, quienes saben mejor que nadie que cualquier palabra es inútil y que todo está dicho. Ya se sabe que el peor de los pecados es el parloteo pedante pseudo-intelectual.
La actitud vital de Benhard estuvo marcada por su abuelo, un anarquista para quien el mundo  pequeño-burgués sólo merecía desprecio y toda su actitud vital se revela contra la estupidez humana, el mayor de los males, y contra un sistema educativo que nos hace burdos, amorfos, que nos prepara para representar el papel de impostura de la vida adulta. La educación y la iglesia son el punto culminante de la estupidez humana y atrofian por igual el espíritu del hombre. Existe en él un arrebato rimbauldiano contra la autoridad, representada en este caso por los maestros.
Benhard los describe como los personajes más infames de la cloaca en la que se ha convertido el mundo, dignos representantes de la corrupción y la estupidez de la sociedad bien pensante. Si un niño quiere salvar su espíritu y libertad debe huir de las garras del sistema educativo “El Estado no quiere una sociedad ilustrada porque significaría la aniquilación de los gobiernos”, escribió.
Nadie ha descrito como él la cortedad de miras de una pequeña sociedad de provincias, en este caso Salzburgo, donde pasó buena parte de su vida. "Todo en esa ciudad está en contra de lo creador… la hipocresía es su fundamento, y su mayor pasión la falta de espíritu… Salzburgo es una fachada pérfida, en la que el mundo pinta ininterrumpidamente su falsedad… Mi ciudad de origen es en realidad una enfermedad mortal”.
Su estilo se basa en frases cortas, que a veces se repiten machaconamente para sorpresa del lector, que se siente atrapado y embrujado en giros concéntricos alrededor de un pensamiento profundo. En ese aspecto, Benhard es el anti-narrador, pues la prosa no avanza, encalla una y otra vez en ideas y sentimientos que marcan una recia actitud vital. Es posible que su educación musical, también inculcada muy temprano por su abuelo, marcara su estilo literario, que se acomoda en ritmos sonoros repetitivos. Este aparente defecto es una virtud, pues le ha creado un sello personal que le emparenta con los más altos representantes de la literatura centroeuropea.
Los cinco libros que componen su autobiografía -El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño- son una obra cumbre de la literatura del siglo XX y un aldabonazo definitivo contra la hipocresía y la mediocridad humana.
Es la verdad desnuda, sin autocensura, sin disfraz, cruda como la existencia.
Gonzalo de Santiago

martes, 13 de septiembre de 2011

Pasolini y la India

Pier Paolo Pasolini se refería a ellos como seres fabulosos, sin raíces, sin sentido, llenos de significados dudosos e inquietantes, dotados de una fascinación poderosa. El escritor italiano recorrió la India en los años sesenta con el matrimonio formado por Alberto Moravia y Elsa Morente y volcó sus vivencias e impresiones en la que está considerada como su mejor crónica de viajes “El olor de la India”. Los tres italianos simbolizaron la perplejidad del viajero occidental ante la descarnada y terrible realidad del país de Gandhi; era una época en que la India se empezó a poner de moda en la cultura hippie gracias a la idea perfección espiritual y personal que representaba. Libros como ‘Siddharta’ de Herman Hesse o ‘Al Filo de la Navaja’ de Somerset Maughan ayudaron a crear esta idea en el imaginario colectivo y a convertir a la India en la meca de los espíritus sedientos de trascendencia.
La India es sinónimo de fatalidad, de una vida que no es vida, sino sumisión a las circunstancias. Sin embargo, esta falta aparente de sentido está rodeada de una inagotable belleza, que convierte cada acto cotidiano en algo trascendental. Bajo la lupa neorrealista de Pasolini los indios pueden parecer seres obligados a vivir una vida descarnada, radical, sin tregua y así lo mostró el escritor italiano en sus crónicas. “En la India la vida tiene los caracteres de la insoportabilidad. No se sabe cómo es posible resistir comiendo un puñado de arroz sucio, bebiendo un agua inmunda, bajo la amenaza constante del cólera, del tifus, de la viruela, hasta de la peste. Cada despertar ha de ser una pesadilla. Sin embargo, los indios se levantan con el sol, resignados, y  resignados empiezan a ocuparse de algo; es un girar en el vacío a lo largo de un día entero. Verdad es que los indios nunca están alegres, sonríen a menudo, es cierto, pero se trata de sonrisas de dulzura, no de alegría”. Sin embargo, esa dulce resignación es una promesa de futura felicidad.
En verdad ningún viajero que se introduzca en este ajetreo inútil puede permanecer tranquilo ante este espectáculo diario: trasiego, suciedad, mercadillos atestados, tráfico anárquico, mendicidad, excrementos, hedores insoportables. Las calles se asemejan a un gran bazar caótico; tenduchas, garajes, puestos callejeros y en el asfalto excremento, suciedad y papeles pisados por vacas famélicas, escuchimizadas, que nadie osa tocar. Y ruegos, ruegos por una mísera moneda. Es imposible no caer en las peticiones de las hordas de mendigos que te avasallan por las calles, siempre acaban engatusándote con sus ruegos, es algo de lo que uno no puede escapar. En cada indio se ve a un mendigo, pero de una mendicidad orgullosa, que mira por encima del hombro el utilitarismo occidental.
También sus vestimentas son de otra época, de una época pretérita en la que se han detenido, de una época fantástica, con resonancias bíblicas. Para entender su dignidad, su pobreza, hay que saber que son personas que carecen del menor rasgo de vulgaridad. Por eso la India es fantástica y la miseria es bella, la vulgaridad burguesa no está presente pues provienen de una tradición antigua y la pequeñez a la que se reduce el indio tiene algo de grandioso. “Esta enorme muchedumbre, prácticamente vestida con toallas, emanaba una sensación de miseria, de indecible indigencia: parecía que todos acabasen de salvarse de un terremoto, y felices de haber sobrevivido, se conformasen con los pobres harapos que tenían al huir de los míseros lechos construidos, de los ínfimos tugurio. Las aceras, las esquinas, los pórticos están atestados de silenciosos durmientes por la noche que convierten las ciudades en un espectáculo terrible y hermoso. Toda la calle está llena de su silencio y su sueño se parece a la muerte, pero a una muerte que, a su vez, es dulce como el sueño”, dejó escrito el intelectual italiano. En las estaciones de tren ese espectáculo se multiplica, montones de harapos blancos tendidos en el suelo indican la presencia de los indigentes. De vez en cuando uno de ellos levanta la cabeza y traspasa tu mirada con una indiferencia infinita, la del que nada y todo lo espera.
La India es inagotable y uno siempre tiene la sensación de estar allí por primera vez; cada cosa que se observa es una fotografía con entidad propia y cada conversación material literario. El color también es distinto, más intenso y no sólo está presente en los saris de las mujeres;  es una gradación distinta provocada por la luz especial que acoge a este variopinto país. Los colores de las vestimentas son fuertes, al igual que el color natural de la población, un tostado casi negro, en cambio el color de las casas es dulce, como el carácter indio. También el olor tiene su propia identidad, un olor acentuado por el extenuante calor y mezclado con comida, especias, suciedad, sudor, flores, incienso. Es difícil concretar su naturaleza, pero indisociable del país.

Un país de religiones
La India es, después de China, el país más poblado del planeta y sus ciudades son enormes extensiones informes de casas y tiendas casi improvisadas que se arremolinan alrededor de mercados. Los templos son pequeños remansos de paz en el que el viajero descansa la mirada y la aturdida cabeza, alucinada por tanto trasiego. Salvo excepciones, como Khajuraho, ciudad en la que reina una extraña calma, provocada por la belleza de los templos, la atracción del viajero se centra en el espectáculo de la gente y de las religiones y en la diversidad de ritos que el indio repite hasta la saciedad. La religión ocupa sin duda un lugar prominente en la vida diaria de estas gentes, aunque el hinduismo no sea una religión de estado. Acudir a uno de los numerosos templos es un espectáculo inolvidable. Flores, incienso, ofrendas, música; ni rastro de tristeza ni culpa, la muerte es parte de la vida y la vida parte de la muerte, no es una transición dolorosa.
El escritor francés Henri Michaux escribió en su libro ‘Un bárbaro en Asia’ que la religión del indio es de carácter práctico ya que espera un bien rendimiento en el orden espiritual, la belleza por la belleza no le interesa. Moravia no estaba de acuerdo y refutaba que la religión india es espiritual “por el hecho de anteponerse a sí misma frente a la sociedad”.  Pasolini, en cambio, creía que los hindúes no eran especialmente religiosos, más bien esa religiosidad sería algo impuesto, que nace de la horrible situación que se ven obligados a soportar, de modo que una religión en apariencia abstracta es la más práctica de las creencias, pues coadyuva a sobrellevar la más dura de las existencias. Así lo relató en una de sus crónicas: “Cualquiera que los observe diría que esos ritos no sirven para nada, que es pura formalidad, neurosis repetitiva, pura gestualidad ritual, cada hindú se reconoce en la mecanicidad de una función, en la repetición de un acto y lo que diferencia a un indio de otro es la clase de rito que desempeña. Trazar un cuadro de la religión hindú es imposible, cada hindú tiene un rito diferente”.
Esos gestos repetitivos tienen su explosión más característica a orillas del Ganges, en la ciudad santa de Benarés. Allí, en las mismas aguas donde se sumergen los cuerpos sin vida de los todos los indios, sin excepción de clase (santones, parias, leprosos), llevan a cabo la higiene diaria miles de personas con repetición obsesiva. Por la noche, los fuegos a orillas del río nos recuerdan que la muerte forma parte de nosotros, indisoluble, y está tan presente en la vida de estas gentes que en realidad se vive para ella. Aquí la muerte es rutina y no se atisba ningún sentimiento de dolor en el rostro de los que contemplan estos ritos funerarios.
Algunos sostienen que fue la religión la que originó el sistema de castas; esta clasificación social única en el mundo forma un complejo entramado de otras subcastas que impiden una verdadera cohesión social. No obstante, este sistema ya no impera en las grandes ciudades y hay que irse a los pueblos para verlo. Raimon Panikkar, el famoso sacerdote y filósofo indio contemporáneo reflexionó sobre sus principales características: una desigualdad inmutable determinada por el nacimiento; el ordenamiento gradual y desigualdad de profesiones y las prohibiciones de matrimonio entre grupo y grupo (endogamia). Esta fragmentación de subcastas actúa bajo sus propias leyes y tabúes, frenando toda posibilidad de integración comunitaria. Sin embargo, poco a poco se va asentando una burguesía india, que a pesar de todo, parece que vive con un desagradable sentimiento de culpa del que se siente agraciado en medio de un océano de pobreza. Pasolini ya observó la terrible contradicción en la que se encuentra esta clase. “Los dueños de las pequeñas tiendas, los escasos profesionales tienen siempre un aire asustado, frecuentemente atontado. Ante los europeos, que todavía son un modelo que les parece inalcanzable, casi pierden la palabra”. A pesar de que las mejores profesionales hacen cola para abandonar el país, parece que la India empieza a despertar de un largo sueño gracias a una economía liberalizada, aunque el precio de este desarrollo puede verse en las miradas perdidas de innumerables desheredados.
A pesar de que la occidentalización es cada vez mayor, recorrer la India sigue siendo una experiencia fascinante, pero también puede ser devastadora. Uno no puede dejar de compartir el sentimiento del novelista Moravia cuando abandonó el país. “Cada vez que en India se deja a una persona, se tiene la sensación de estar dejando a un moribundo a punto de ahogarse entre los pecios de un naufragio”

lunes, 11 de julio de 2011

Maughan y la vida plena

“Todos vosotros sois una generación perdida”. La frase la escuchó Gertrude Stein al encargado de un taller de automóviles parisino, en donde reparaba su maltrecho Ford-T y el destinatario era un empleado que, entre pieza y pieza, se echaba unos tragos. Generaciones perdidas ha habido muchas, no sólo en el mundo del arte, pero esta frase, que recogió Ernest Hemingway en ‘París era una fiesta’ simbolizó la trayectoria de los jóvenes que sirvieron en la Primera Guerra Mundial y por ende, nombró a los escritores que participaron en dicha contienda. John Dos Passos, que además trabajó como corresponsal en la Guerra Civil Española, F. Scott Fidgerald, el representante con más talento, Robert McAlmon, Harold Stearns o John Peale Bishop, demostraron que el epíteto de Mrs Stein no fue afortunado. Es lícito pensar que, después de ver la cara de la muerte, los placeres y los días, como bautizó Proust a la cotidianeidad, pierdan sentido.
Me he acordado del libro de Hemingway tras ver la última película de Woody Allen ‘Midnight in Paris’, en la que el cineasta neoyorkino rinde un homenaje a la bohemia y al París de entreguerras. Un París que también supo retratar con elegancia el mundano escritor británico Somerset Maughan, quien afirmaba que no hay otra ciudad en el mundo en la que los grupos aislados coexistan sin el mayor contacto. Allí la alta sociedad apenas tolera en su seno a extraños -como bien observó Proust- los políticos viven en su peculiar y corrompido mundo, la burguesía se visita exclusivamente a sí misma y los escritores se reúnen con escritores, los pintores con pintores y los músicos con músicos.
En esta película la nostalgia tiene un protagonismo especial. El nostálgico no sólo es aquél que vive instalado en el pasado sino que vive y sueña con una época pretérita, aquella en la que la vida se ve con los ojos del espíritu y el arte ocupa un lugar prominente en el corazón de los hombres. Esa Arcadia feliz se opone al utilitarista mundo burgués, que pinta de brochazos grises nuestro futuro.
Este es precisamente el motor de la magnífica novela ‘Al filo de la Navaja’ de Somerset Maughan. En ella el escritor británico crea un personaje que reúne todas las virtudes del ideal: bondad, originalidad, ansia de aprender, tolerancia, idealismo; lo que Baudelaire llamó “ser sublime sin interrupción” -esa máxima que Umbral persiguió en su dandismo provinciano-.
Esta novela nos enseña que leer la Odisea en lengua original es ponerse de puntillas para tocar las estrellas y que la gente interesante, por lo general, no tiene mucho dinero. “La vida espiritual es una vida de intensa felicidad. Sólo una cosa le es comparable. Subir sin compañía en un aeroplano, alto, muy alto, y sentirse rodeado tan solo por lo infinito, por el espacio ilimitado”.
Al final, como siempre, la vulgaridad se impone y la vida pasa por encima del que busca un camino diferente, pero la novela deja abierta una puerta a la esperanza. El Establishment no puede ser una barrera para la realización personal y no hay nada más preciado en la vida de un hombre que escuchar la llamada de su interior. Como nos recuerda Maughan, hay hombres dominados por un deseo, por una necesidad de hacer una cosa determinada tan imperiosa que no pueden resistirla, y para satisfacer su anhelo, son capaces de sacrificarlo todo. Al final, la recompensa es infinita. “Quien decide abandonar el camino trillado acepta un grave albur. Son muchos los llamados pero pocos los escogidos”.

martes, 10 de mayo de 2011

El sonido del río

El río tiene el poder de convertir la tristeza en melancolía; el sonido del agua atempera las penas y acompasa el dolor, lo mece en un regazo de olvido. Su rumor nos trae voces del pasado, pero no nos gritan ni nos hablan de cosas desagradables, nos las trae de la distancia, amortiguadas por el sonido del agua.
Su carácter metafórico ha inspirado a grandes escritores. Faulkner conocía su poder enigmático y lo utilizó en varios de sus relatos. En una de sus mejores novelas ‘Mientras Agonizo’ nos relató la odisea de los Bundren, una familia de blancos pobres del sur del país que se ven obligados a transportar el féretro de la madre recién fallecida. En su camino se enfrentan al reto de trasladar el cuerpo sin vida de una orilla a otra del río. Es un relato que fluye con diferentes monólogos interiores de los miembros de la familia, que, como los meandros de un río, confluyen en una idea básica: el hombre debe llevar una pesada cruz a cuestas en su paso por la vida. También es un alegato contra la familia, ese lugar tan seguro y querido, pero que también puede convertirse en el peor de los infiernos.
El escritor norteamericano escribió que la muerte de una madre se parece a un pez muerto; su prosa contenía verdades eternas que hay que desentrañar con la paciencia de un minero. Su legado literario era imaginario pero a la vez indisociable a su lugar de nacimiento, muy cercano al Misisipi. El gran río sureño fue también fue protagonista en las andanzas de Tom Sawyer y Huckleberry Finn, inolvidables personajes creados por Mark Twain, ese Dickens del sur americano.
Se puede llegar a mantener que la historia de la novela norteamericana del siglo XX transcurre por dos inmensos ríos; uno parte de Faulkner, la máxima figura de la generación  perdida, que produjo una prosa profunda, alambicada, sugerente, circular y poemática. Su legado se concretó en la pluma de Richard Ford y el último exponente de esta forma de entender la literatura puede ser Cormac Mc Carthy. El otro regaría los márgenes del realismo norteamericano más inmediato, con Hemingway a la cabeza. Su estilo fue seguido por John Irving y el último exponente es Paul Auster.  Estos escritores estuvieron más cerca del periodismo y del cine y su prosa es más accesible al gran público.
El término ‘río’ también ha servido para definir a grandes monumentos literarios, desde ‘La Comedia Humana’ de Balzac hasta ‘A la Busca del Tiempo Perdido’ de Proust, llamándose novelas-río. Otra obra imperecedera fue ‘El Corazón de las Tinieblas’, escrita por Joseph Conrad, que discurrió por las tenebrosas aguas de un río africano. El libro se convierte en un viaje por el miedo ancestral de lo desconocido hasta el límite de la razón humana.  
También ha sido protagonista como en la novela ‘Don Apacible’ de Mihail Shólojov o en ‘El Danubio’, de Claudio Magris. Es esta una novela especial, un libro que, como un afluente, nos lleva a otros libros y a otras historias, siempre de la mano de uno de los escritores más cultos de nuestro tiempo. El escritor italiano reflexiona sobre el carácter de los pueblos europeos que tienen el privilegio de asomarse al Danubio. Además, el libro, que está lleno de referencias literarias, explica el sentido último de la Literatura, en su misión redentora e iluminadora. Magris compara el Danubio con el Romanticismo y escribe que los escritores del Sturm und Drang creían que el arte debía parecerse al torrente de un juvenil río. Como buen romántico cree que la literatura resguarda de la ausencia y que la poesía es un estado superior a la propia vida, por eso canta la majestad del fracaso. “Es posible que el más sincero amigo de la vida no sea el pretendiente que la corteja con adulaciones sentimentales, sino el torpe enamorado rechazado que se siente expulsado de ella, como un viejo mueble usado”.